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El Recho. Apéndice al post "Los Amigos del Morín, nominados a Los Goya"

(Banda sonora de Amacord (Fellini), compositor: Nino Rota)



Presumí en mi anterior post, “Los Amigos del Morín, nominados a los Goya”, que no habría “continuará”, y pequé de eso, de presunción.

Varios amigos, al leer ese post anterior, echaron en falta a un personaje muy conocido de nuestro barrio, en la etapa de nuestra niñez y juventud, El Recho; el cual, no solamente es digno, de figurar en este blog, modestia aparte, sino que le sobrarían argumentos para ser un personaje de novela, o figurar en  un guión de cine.

 

Que conste que, si no lo incluí en el anterior post, fue debido a que no le encontré ningún paralelismo con algún personaje de Amacord, y como me había saltado -en la línea argumental- al incluir, sin ser del Morín al Pataca, entonces, ya me parecía que lo que se puede interpretar como una licencia al que suscribe; pasaría a perderse la coherencia en dicho hilo argumental. -Pero mirar lo que son las casualidades, sí, hay otra coincidencia entre mi amigo Pataca con uno de los protagonistas de Amacord, y al escribir mi anterior post no me había percatado, pues es con el tío del protagonista, hermano de la madre, el cual tenía el mismo seudónimo, Pataca-.

 

 Todo eso es lo que me llevó a tratar el personaje del Recho en otro hilo, este, a manera de apéndice del anterior,

 

Como digo, El Recho fue uno de los personajes de mi barrio, del cual nos acordamos  todos sus coetáneos, y estoy seguro que de haber habitado en Remini ocuparía un lugar preferente en los recuerdos de Fellini, por ser ya surrealista en si mismo, sin necesidad de un tratamiento específico para configurarlo a tal género del séptimo arte. Un hombre, cuyo referente o mención causaba miedo a los niños del barrio; era como si del “hombre del saco” se tratara; o guardando las distancias correspondientes, con los niños de los Países Bajos, ante la amenaza de que llegaba el “duque de Alba”.

 

Nada más lejos de la realidad, en lo que atañe al Recho; este señor, era un simple trabajador –temporero- del campo, y en condiciones “normales” dicen que bueno, así que de similitud con el “hombre del saco” nada.

 

Entonces ¿que “cualidades” adornaban al personaje, para que nuestras madres nos amenazaran con que, si no éramos buenos, vendría el Recho? La principal era que, a partir de las horas del ocaso, raramente se podía encontrar sobrio. Dicen que el trabajar –cavar- la tierra da mucha sequedad de boca, y este señor, debía sufrir entre otras enfermedades, la de una rara hidrofobia, la cual provocaba que para sacar el polvo de su garganta no utilizaba más que vino y aguardiente. Debido a los excesos, al físico de su trabajo, al del trajín del trasiego de las botellas y a las horas que permanecía a la intemperie, verano e invierno, hicieron que la piel de su cara estuviera curtida y ennegrecida, era una pura arruga, seguro que en eso algo influiría también, que a ese “horror al agua” se sumase otra fobia, en este caso al jabón.

 

Cuando hablo de las horas, que el pobre hombre permanecía a la intemperie, incluyo las diurnas y las nocturnas y en las cuatro estaciones del año. Sus cogorzas eran tan monumentales, que por las mañanas temprano y cuando íbamos al colegio, encontrábamos al Recho tumbado, ¡lo había echo toda la noche al raso!, si señor, el empleo de los signos de admiración están puestos con toda la intención y son justificadísimos, el que conozca Monforte de Lemos en invierno, comprenderá inmediatamente el porqué, muchas mañanas un manto blanco de escarcha cubre la ciudad, las heladas son de las de “órdago a la grande”; pues ahí teníamos al Recho, con el perímetro de su silueta marcada en la “xeada”, a manera de aura, ¡el hielo había respetado su cuerpo!, pues si, lo cual es muy comprensible con el apoyo de la física, ya que la combustión interna, provocada por semejante ingesta de alcohol, pienso que sería suficiente para alimentar un coche desde el valle en que está mi pueblo, hasta los altos del Oural o del Saviñao.

 

Una de las anécdotas más famosas de este personaje, es la de su primera y falsa defunción, que apunto estuvo de costarle verdaderamente la vida; la frase no está mal construida, fue la realidad. Un día, cuando ya habían pasado muchos inviernos por encima del Recho, se le encontró sin vida, sus constantes vitales no daban ningún tipo de señal, se certificó su defunción, y cuando se le iba a practicar la autopsia, por parte del médico forense, en cumplimiento del obligado protocolo  previo a su inhumación, para determinar la causa del fallecimiento, el “Recho se levanto y andó...”, el finado no lo era tanto, lo que sí era, cataléptico.

 

Pasado ese “susto”, los últimos días de su vida, discurrieron placidamente, muy bien atendido por cierto, en el asilo de Monforte, -¡que buena obra realizaron y realizan en mi ciudad esas monjas!, no teniendo muchas veces el justo reconocimiento de sus conciudadanos-. Esa postrera etapa, por lo que tengo escuchado, fue quizás la más placentera de la existencia del Señor Recho, recibiendo todo tipo de atenciones, las de su higiene corporal, durmiendo en cama de sábanas limpias, haciendo sus comidas en las que hasta su ración de vino estuvo garantizada de por vida -gracias a la donación de un cura, de también muy grato recuerdo en la parroquia de la Estación, el padre José Luis-, lo cual le llevaría a pensar a ese pobre hombre, que arrastró toda una vida llena de calamidades y necesidades, que había adquirido por fin, su Cielo.

 

 -La obra que dejó, ese entrañable sacerdote, en este barrio obrero de Monforte, eminentemente ferroviario, en época de dictadura y hambre, no solamente dieron amparo al Recho, sino a muchos más necesitados. Y a mi particularmente me hizo comprender que las religiones tienen razón de ser, fundamentalmente, para dar apoyo al necesitado, en todo la amplitud de la palabra; y quienes le dan verdadero basamento, son gente que, como el padre José Luís, las Monjas del asilo de mi pueblo y el recientemente fallecido Vicente Ferrer, en su trabajo, muchas veces silencioso del día a día, consiguen verdaderos “milagros”. La sociedad, ahora más que nunca, con sus globalizaciones, crisis y prisas, no quiere saber nada de estas historias-.

 

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